viernes, 24 de setiembre de 2010

PLENILUNIO / MHARÍA VÁZQUEZ BENARROCH


Dedicado al Comisario Ramón Rivero Blanco.

“La muerte es dulce, pero su antesala cruel”

CJC.

La mano del comisario tembló levemente, como un presentimiento.

El rostro pálido bajo la sábana levantada parecía contemplarlo, y cerró los ojos para evocar esa carne elástica, dulce y colérica que no había llegado a ser amor, sino tan sólo algo de tiempo y algunas sorpresas.

Se detuvo en la palabra amor con aire reflexivo. Un recipiente hueco, difícil de llenar…y los ojos de tibio cadáver se abrieron inesperados, como quien regresa sorprendido del sueño de la muerte, mirándolo como esa muchacha de ojos inmensamente abiertos bajo la lluvia, que una noche le habló de sus tías muertas en Auschwitz, del libro de rezos encontrado en un anticuario de Holanda, de los escuadrones de la muerte y de que nunca enseñaría a sus hijos a desconfiar de Dios. Pudo volver a leerlo todo en esos ojos de ópalo furioso que una vez lo miraron burlones y violadores…y un aroma de musgo selvático lo envolvió, recordándole el sexo joven, rosado por la excitación y el orgasmo, que había tenido en sus manos apenas una hora antes.

Al conocerla, fue torpe, procaz. En contra de su costumbre de halcón de gestos precisos y exactos, no la midió. La deseó con brutalidad y desde el primer momento perdió la calma. Ya no era el hombre calculador y preciso que hacía temblar a los ejecutores, que lo miraban ir y venir con gestos nerviosos, a él que tanta sangre había acumulado sobre su inmaculado pañuelo en los interrogatorios que lo llevaron rápidamente al puesto de Comisario General.

Era cruel, de una crueldad refinada, barnizada por la cultura bebida como por ósmosis en cada una de las mujeres que habían sido sus amantes. Torturaba en los interrogatorios rápido y eficaz, hasta quebrar a los detenidos, sin regodeos y a veces hasta con asco.

En la Casa Grande, todos sabían cuándo interrogaba, porque los gritos de los detenidos se ahogaban bajo el enorme maremagnum del Réquiem de Mozart, inundando las celdas como un aluvión, asfixiando en su propia respiración a quienes tenían la desgracia de pertenecerle hasta la muerte, y aún más allá.

Escogía a sus guardaespaldas como quien selecciona una fruta madura, y a sus mujeres, sus amantes de paso, siempre altas, de pezones duros y pechos generosos, por su capacidad de hacer el amor ininterrumpidamente durante horas y horas…Por eso, a ella, tan distinta, la amó desde un principio. Por esa sensualidad escondida, esa sabiduría salvaje de su cuerpo, para hacer el amor tan, pero tan lentamente…y la mano del comisario volvió a temblar al recordar el encuentro del deseo, el primero y más hondo de todos los encuentros. Sus cuerpos en reposo, envueltos en la oscuridad, mientras en la autopista los coches pasaban sin cesar. Sus cuerpos siameses en la brutalidad de la penetración, muslos y manos cruzándose en un torbellino de almohadas, sábanas y carne confusa. Su túnel delicado e implacable, guiándolo en la oscuridad hasta su centro. Su lengua resbalando, alargándose en el fondo de la boca, húmeda y caliente. Fragmentos de tiempo, aroma de té, deseo, caracol en el caracol, entrando en su pelo, en su rostro de niña renacentista, hundiéndose alegremente en esa lenta humedad que se entreabría contra la piel, en la más oscura de las apuestas del placer. Su sexo resbalando cálido y viviente sobre la mano, lamiéndose el uno al otro como delfines bajo el agua, mojando las sábanas con la urgencia del deseo, en el límite del amor, al borde del cansancio, con esa tristeza y sus cabezas de hydra, espantando al sueño luego de haber llegado al cansancio…

El Comisario despertó.

Con la luz atravesándole los ojos sin piedad. Con el cerebro sediento y un inmenso latido sobre su cabeza. Con el olor de Malena gravitando sobre su cuerpo y el arrobamiento de contemplarla muda e inocente en medio del sueño. Durmiendo con la paz de una conciencia sin apuntes y sin violencias, mientras él levantaba su mano para colocarla delicadamente sobre el cuerpo de ella, atenta y sin movimiento. Malena, bella durmiente sin compromiso, conociéndole más que nadie, conociendo su caminar agitado de ladrón de almas, el mismo caminar que sus “muchachos de la Casa Grande” detestaban al ser sus guardaespaldas, porque siempre los forzaba al máximo, como ahora que entraba al Gran Hotel, a paso rápido y desacompasado.

La lluvia había parado y en medio del agobio de Junio, todavía estaba sentado allí unas horas después. Bajo el techo magnífico de espejos modernistas, aturdido por la comida del banquete, la bebida y las alabanzas más que hipócritas. Entre sus dedos, esos dedos de piedra pómez y manicura costosa, se movía un anillo, el anillo que le había regalado Malena en Roma. Sumido en el sueño de la tarde caliente y agobiante, fracasaba en su intento de registrar muchas de las palabras del Jefe Mayor. A lo largo de la gran mesa y a uno y otro lado, se encontraban veintitantos jóvenes detectives, suspendidos del techo por el humo de los cigarrillos y el fastidio del acto protocolar. El Comisario le devolvió la mirada a uno de ellos al azar, y vio en sus ojos el respeto de siempre. En sus ojos, como en los de todos los que lo conocían y padecían, siempre había para él la cumbre de la envidia y el respeto cauteloso, aleteante de miedo.

Se llevó el whisky de 12 años a los labios y sintió un temor crudo. Se le apareció de nuevo la adolescencia, su violencia demorada, la entrada a los estudios de policía, la paranoia intermitente que le permitía estar allí sentado oyendo los ruidos de su cuerpo, detestándose una vez más a sí mismo, mezquino, miserable, cruel, torpe y capaz de dañar a cuantos le amaran, con su saña característica, con resentimiento, con la frialdad que lo acusaba y lo castigaba separándolo siempre de lo que más quería…y una vez más, como en secuencia vertiginosa, recordó excitado hasta la médula a Susana, penetrada hacía más de un año en su desahuciado cerebro, y a la otra arpía, seductora y cimbreante, vendiéndole por treinta monedas las mentiras y las medias verdades que lo perseguirían algún día ante el posible chantaje de sus enemigos, mientras él las traspasaba, intoxicadas por la congestión de todos los orificios, saturadas de sexo y cocaína, la meretriz y la arpía menor haciéndose el amor, lengua sobre lengua, mientras él las veía sereno y lúbrico, mientras él mentía y desgarraba.

Piensa una vez más en la maldita moneda de cambio que es el sexo, y se alegra de haber cobrado su deuda al máximo. Ellas, como muchos otros, no conocían como él, el precio que se paga por estar a su lado. Ellas como muchos otros, carecían de moral y de memoria y estaban destinadas al vertedero, una vez que él terminara de utilizarlas.

Se revuelve inquieto el Comisario. Ya no puede aguantar más los ruidos de su cuerpo, que parece estallar por la indigestión del banquete, mientras oye sólo fragmentos de un discurso ilustrativo y patriotero, que le reafirma en su asco por los políticos…” Y es por todo esto que constituye un honor y un placer para mí, entregar a nuestro más joven Comisario General, esta placa de reconocimiento…”

Recogió la placa, estrechó manos, sonrió con su expresión deliberadamente tonta de compromiso asumido, la que utilizaba para las secretarias del presidente del Estado, para los negociantes y los ricos sin remedio, y se sentó de nuevo. Alguien propuso que hablara, y se puso pesadamente de pie, dándose cuenta de que no estaba seguro de cómo seguir el protocolo. Conteniendo los nervios y el fastidio comenzó con un corto “Gracias”, y hubo un notorio relajamiento de hombros y traseros. Todos supieron que iba a ser breve y mordaz como cuando daba clases en la Academia de Policía…se vería arrollado por su propio impulso, hasta llegar al final del discurso en un solo empujón.

Luego hubo brindis diversos, y se sorprendió a si mismo joven y solitariamente feo, recibiendo el aliento apestoso a cebolla del Comisario Iglesias, ese que con cierta frecuencia lo acompañaba en los interrogatorios, un hombre demasiado bajito, con bigotes de escarabajo y ojos sorprendentemente azules, que se había hecho famoso por amargarle la vida a los de la inteligencia del DAS colombiano.

Envuelto en un maremagnum de necedades propias de los actos políticos ya tradicionales del nuevo estilo de gobierno, quería salir y no lograba llegar hasta la puerta…ella lo esperaba serena y complaciente, y él seguía tratando de llegar a la puerta, fría y desesperadamente.

Finalmente, con un último y pegajoso gracias, pudo llegar hasta el coche, sin placa meritoria y sin admiradores. Un viaje inútil hasta eso que llamaba su casa, mientras Molina su chofer, manejaba como cochero del Diablo, saltando a la autopista desde el trampolín del acelerador, en una suerte de apoteosis del vértigo, dejando atrás la ciudad y su tráfago, mientras el pensaba en el cuello ardiente de Malena, en el sexo rubio de Malena, caminando segura sobre sus altos tacones, con su aroma siempre fresco de flores bucólicas y sus dedos llenos de joyas caras. Malena, en New York y en Paris, rodeada siempre de feos y de ricos, de luz flotante sobre la seda trigo de su pelo, con su blanca piel de vino de Burdeos.

El Comisario contempló el paisaje barroco de la clase media desfilando junto a la ventanilla del coche y se llevó la mano a la ingle, para detener la erección que el recuerdo de Malena le provocaba. Sintió su risa tintineante como un espejismo y volvió la cara rápidamente para confirmar si ella realmente estaba a su lado, despertando como desconcertado del ensueño de la semivela dentro del tráfico.

En el ascensor, se vio alto y grueso desde el espejo, como dispuesto a hablarse de esa mujer que lo esperaba silenciosa. Se vio a sí mismo, otro maldito imbécil empalado en la rutina, contemplándose al espejo, principesco y desde ya envejecido, con los ojos húmedos de deseo, tras los lentes oscuros. Sonrió masticando suavemente su tristeza de animal acorralado y sacó las llaves con un gesto lento y cansado.

Desapareció por el pasillo del apartamento, con ligereza de amante, como quien hace equilibrios sobre la cuerda floja. Lanzó un suspiro ante la puerta del estudio y se volvió instintivamente para ver si alguien lo seguía, sin poder vencer la fuerza de su acostumbrada paranoia. Retrasó su entrada. Su alma perversamente independiente había rechazado las mieles del éxito y ahora pedía su precio, lejos del mundo aturdido y embobado de la política.

-Nunca, nunca más- se dijo a sí mismo, tratando de no dejarse atrapar por las frentes simiescas, los dedos prensiles y los labios retorcidos de aquella muchedumbre halagándole que había dejado en el Gran Hotel.

El humo de sus gestos, la rapidez con que van muriendo sus cejas, el conocimiento antiguo de su torva mirada, todo eso lo convierte en el ángel de la muerte… Abrumado por la certeza del aburrimiento, ensaya un exorcismo. Su mirada se cuelga del techo y se dispone a huir, mientras escucha pasos y murmullos en el piso de arriba. Un hombre rendido a la ilusión del poder, que se apura cuando debe ser paciente y es paciente cuando debe apurarse. Para sobrevivir debe comprender que podrían venderlo por treinta monedas y que el poder que ha conquistado no será nunca verdaderamente suyo. El ángel de la muerte es un hombre y está muerto por dentro, ya nada tiene que perder, es su noche del alma. Ya lo peor pasó. Lo ha presenciado todo y viene dispuesto a la muerte. Aún conserva el miedo que hace que su mano tiemble levemente de deseo.

El ángel de la muerte toca la única melodía que conoce…levanta la sábana benevolente, tenso. La había conocido y amado con violencia. Le había dado su magra ración de amor y por eso le habló suavemente al oído…¨ No hay ternura ni dioses, no existe nada humano en lo que nos rodea. Sólo algunos venenos para el alma y mucho, mucho placer. Un dulce abrazo aunque breve, estaremos juntos para siempre querida”…

Y entonces, porque las condiciones del pájaro solitario son cinco: la primera que va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía alguna aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente…Y entonces, el Comisario, tomó el escalpelo, con cuidado, para destazar delicadamente la piel de su amante, jirón a jirón, rodeando exquisitamente cada músculo para no desperdiciar ni gota de sangre, tal como lo hacía sabiamente una vez al año, todos los años en una noche de plenilunio...la luna de los demonios, de los vampiros, de los asesinos, plenilunio de los solitarios que se alimentan de sangre.

Un crimen ritual, para cada una de sus amantes en una noche intensa de plenilunio… Aquí y ahora. Un crimen que lo limpia de todas las culpas y pecados. Que lo limpia de lo que Malena, cuando vivía, antes de convertirse en esta piltrafa de carne destrozada, princesa bañada en linfa y hiel desesperante, de lo que Malena, cuando luchaba contra la vieja Salamandra de la muerte, y él la enredó entre sus brazos, sedándola suavemente… Lo que Malena, tonta, inocente, propicia, no dudaba en llama la Soledad del Comisario.

3 comentarios:

J. L. Maldonado dijo...

Sencillamente fantástico. Ritmo avasallante. Palabras precisas y escogidas con pinza. Qué buen relato poeta. Chapeau.

Elena lópez Meneses dijo...

Es cierto Mharía, qué selección de palabras...repito, impecable...besito

DINOBAT dijo...

Hay cosas bien dichas...o escritas.

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