miércoles, 3 de enero de 2007

ENTREVISTA / ARTURO PÉREZ REVERTE


Para Josefa Zambrano y Rodolfo porque son fans de Arturo


"El Dios reaccionario nos jodió vivos"

Por: Mharía Vázquez Benarroch / 11 de mayo de 2004


Arturo Pérez-Reverte es de esos personajes que o te caen muy bien o te caen muy mal. A esta periodista, que lo conoció en la Nicaragua de los años setenta, cuando ambos eran corresponsales de guerra, le cae muy bien, pero comprende perfectamente que haya quien le deteste.
Como persona, Pérez-Reverte es una especie de ardilla: flaco, vivaz, nervioso, fulgurante, divertido e irritable; como escritor, es tan radical y apasionado en sus opiniones como entretenido en sus argumentos y brillante en su manera de narrar. Pero, sobre todo, Pérez-Reverte ha tenido éxito, y esto provoca mucha envidia en España.
Nacido en Cartagena en 1951, miembro de la Real Academia Española y autor de novelas de aventuras muy populares en muchos países, Pérez-Reverte presenta ahora El caballero del jubón amarillo, la quinta entrega de las aventuras del capitán Alatriste. En este episodio del folletín, los escritores y las mujeres -una en particular, amante al mismo tiempo de Alatriste y del rey Felipe IV- son los protagonistas del enredo. Sobre unos y otras, y en general sobre el Siglo de Oro, se desarrolla esta conversación, en el madrileño café Gijón.
PREGUNTA. Esta vez, el capitán Alatriste no lleva una espada, lo que lleva es una guadaña. Hiere y mata a diestro y siniestro, incluso a un par de amigos. ¿Qué le pasa?
RESPUESTA. Que está encabronado. El tiempo pasa y el capitán cada vez es mayor y más lúcido, y se da cuenta de que éste es un país de hijos de puta. Ser lúcido y español es muy jodido, crías muy mala leche. En el siglo XVII y en el XXI. Y Alatriste es muy español en ese sentido. Alatriste tiene ese rencor del lúcido que mira alrededor y ve este país con tanta mierda; y ese rencor, en el siglo XVII, era muy fácil expresarlo matando. Era muy fácil matar, salía muy barato. En este libro Alatriste se desahoga matando. Manifiesta su lado más oscuro, más turbio, de más mala leche. Sin embargo, a mí como autor, no sé al lector, no me cae antipático. Le sigo queriendo.
P. Alatriste sigue siendo el amigo que le hubiera gustado tener?
R. Sí, claro; y tú sabes a lo que me refiero. ¿Te acuerdas de cuando estuvimos juntos en el bar del Alexandre, en Beirut, hace casi veinte años? Pues a ese tipo de amistad me refiero. Esa amistad es ir a la barra de un bar de Beirut y estar sin decir nada con esa tía con la que has pasado algo muy gordo. Tomáis una copa y los dos sabéis, sin nombrarlo, lo que habéis vivido juntos. No tenéis que hablar, os podéis emborrachar en silencio. Yo recuerdo más el silencio de mis amigos que sus palabras. En cierta forma, me he fabricado literariamente con Alatriste un amigo con el que me gusta estar, pero que también es el resumen de todos los amigos que he tenido y tengo en la realidad.
P. De todos los Alatriste, éste es el que contiene más crítica literaria. Puede leerse como un pequeño ensayo sobre la literatura española del siglo XVII. Arranca con la representación de La huerta de Juan Fernández, una comedia de Tirso, y ello le permite hablar del momento teatral: Lope de Vega está en el esplendor de su gloria, Tirso empieza a consagrarse y Calderón despunta en el horizonte.
R. Con los Alatriste yo quería contar la España del Siglo de Oro, que no está tan lejos de la España de ahora. Somos como somos porque fuimos como fuimos: unos cabrones y unos tíos estupendos. Las dos cosas, luz y sombra. El primer libro era la política; el segundo, la Inquisición; el tercero, la guerra de Flandes; el cuarto, el oro de América; este quinto es el teatro, y después habrá otro sobre la pintura. Poco a poco, voy dándole al lector un panorama completo de nuestra historia en aquel siglo que nos marcó tanto. Para lo bueno y para lo malo; y sobre todo para lo malo.
P. Cuando leo los Alastriste, pienso que ojalá los niños, en la escuela, pudieran estudiar la historia y la literatura españolas con este tipo de textos.
R. Bueno, quizá no sepas que Alatriste está en muchos colegios, como libro de texto. A veces lo utilizan en historia, a veces en literatura y a veces, incluso, en ética. Y ha habido ya diez mil chicos que han pasado por una especie de cursos que hacemos con la editorial Alfaguara sobre las aventuras de Alatriste. En realidad, éste era el objetivo original. Estos libros los escribí para explicarle nuestra historia a la generación de mi hija. A los chavales de ahora se les están escamoteando la memoria. Éste es un país tan cabrón que, sin memoria, no tiene ninguna explicación. Sin memoria no se entiende nada: lenguas, razas, odios, guerras civiles, cainismo, porque éste es el país del cainismo, Caín era español, evidentemente. Si le escamoteas a un chaval la historia, le dejas sin explicaciones. Sin memoria, un chaval catalán, vasco, andaluz y extremeño tienen poco o nada que les una. Nos disgregamos.
P. En una entrevista, usted habló de "algunas virtudes del siglo XVII que nos hemos dejado en el camino". ¿Cuáles?
R. Pues, mira, una han sido las maneras. En el XVII la gente iba al teatro; la gente del pueblo, la chusma, iba al teatro. Y quería imitar maneras dignas, quería parecer culta, educada. Ahora hacemos gala de ordinariez. Los patanes que nos gobiernan son ordinarios, son analfabetos y, además, hacen gala de ello, alardean de incultura. Hemos perdido eso. Antes la gente se mataba en la puerta de un teatro por entrar; ahora el pueblo ve Salsa rosa y Crónicas marcianas. Eso es lo que ha cambiado. P. Volvamos a su repaso de la literatura del XVII. En esta novela don Francisco de Quevedo sigue siendo un personaje positivo. A usted, Quevedo le gusta un montón. R. Me gusta mucho. Quevedo es un poeta extraordinario y un tío de una humanidad extraordinaria, que también pasteleó y traicionó, no era perfecto. Quevedo describió perfectamente lo español. Tú te lees ahora sus versos y te está hablando de la España de ahora: el querer aparentar, el desprecio al trabajo verdadero, la insolidaridad, el rencor, el querer entonces un coche de caballos y hoy un Audi, BMW o Mercedes... Leyendo a Quevedo, aprendí muchas cosas sobre mí mismo, como español, y sobre los españoles. Por eso convertí a Quevedo en el amigo de Alatriste.
P. Aunque Góngora es un personaje negativo en estas novelas, usted le rinde homenaje en esta entrega. Góngora y Quevedo, escribe, "renovaron el castellano, dotándole de riqueza culterana y gallardía conceptista".
R. Admiro a Góngora y a Quevedo, pero uno tiene que elegir. Yo sería amigo de Quevedo, no de Góngora. Góngora era un esnob y así le fue. Era un inmenso poeta y un poquito gilipollas como persona. Yo prefiero emborracharme e irme de putas con Quevedo.
P. En El caballero del jubón amarillo también sale Cervantes. Ya ha muerto en el año, 1626, en el que transcurre la historia y sigue siendo poco valorado. Hay un momento en que Lope de Vega "enarca una ceja desdeñosa" cuando sus interlocutores dicen que El Quijote no es tan mala novela.
R. Cervantes no estaba nada reconocido. En aquel momento la novela era una cosa para doncellas, puro entretenimiento a lo Corín Tellado. Lo que daba prestigio era la poesía y lo que daba dinero era el teatro. Y como nadie está contento en este país con nada, Lope, que era el autor que ganaba dinero con el teatro, quería ser considerado poeta y no lo conseguía; Góngora, que era gran poeta, quería ser autor teatral y no lo conseguía, y Cervantes quería ser poeta y autor de teatro y no lo conseguía. El pobre Cervantes, como no consiguió ni el dinero del éxito teatral ni el prestigio como poeta, era despreciado. Para sus contemporáneos, era un novelista de chichinabo, y murió sin un duro y con esa pena.
P. Un elemento que vuelve a salir en esta novela, es aquello de "qué buen vasallo sería si tuviera buen señor".
R. Esa frase del anónimo escritor del poema del Cid es la que mejor define al español. La historia de España se resume en ese verso. España ha sido un país que ha tenido muy buena gente, gente noble y dispuesta a sacrificarse, pero siempre ha habido el cura fanático, el ministro corrupto, el rey incapaz que le ha enviado a la cárcel, a la hoguera o a la miseria. Desde el Concilio de Trento hasta aquí, éste es un país con muy mala suerte con sus gobernantes. Una suerte pésima, salvo rarísimas excepciones.
P. Esta novela se sitúa a 17 años de la derrota decisiva de Rocroi, cuando sobre el imperio español "aún no se ponía el sol, pero estaba a punto". Usted sostiene que nos hemos autoflagelado demasiado con nuestro imperio.
R. Aquí ha habido dos posturas políticas. Hemos tenido la historia imperial franquista, con los yugos y las flechas, los Tercios, los héroes de Lepanto, Pavía, San Quintín y Otumba, Dios, la Virgen y Santiago Matamoros, el éramos la pera, el éramos la raza elegida; y hemos tenido el otro lado, el fuimos una mierda como dice el inglés tal y el alemán cual, el adoptar el punto de vista del enemigo histórico. Hemos pasado de la gloria a la flagelación, pero jamás hemos hecho el ejercicio objetivo de decir: fuimos oscuros e inquisidores, pero también fuimos muchas otras cosas.
P. ¿Qué fuimos?
R. ¡Coño, cuatrocientos millones de personas hablan una cosa que se llama la lengua española! Fuimos Cervantes, Velázquez, Lope de Aguirre... Fuimos la gran potencia mundial. España tenía a Europa agarrada por los cojones y Europa se hizo contra España. Los ingleses y los norteamericanos hacen novelas y películas de piratas y colonizadores; los españoles no. Hemos ido poniendo cemento encima de la historia. Nos han hecho avergonzarnos de ella, y eso no pasa en ningún otro país de Europa. Mirar hacia atrás con las gafas de lo políticamente correcto es de gilipollas. Tú no puedes mirar la conquista de América o la guerra de Flandes con esas gafas. Era otro mundo y tú no puedes aplicar los criterios políticamente correctos del siglo XXI al mundo de los siglos XV, XVI y XVII. Eran otros valores, y aun así sale Bartolomé de las Casas. Si ves a España en su contexto, con Inglaterra, Francia y los demás jugando el mismo juego y con las mismas reglas, fuimos como todos, ni más buenos ni más malos. Sólo que tuvimos mala suerte.
P. ¿Mala suerte?
R. Sí, mientras los del Norte optaron por un Dios práctico, moderno, que permite el comercio y tal y cual, un Dios que permitía evolucionar, aquí nos quedamos con un Dios reaccionario, oscuro, cerril, de sacristía y confesionario, de cura mandando lo que teníamos que hacer. ¡Nos han hecho tanto daño los curas! Aquí siempre ha habido un cura al lado de cada rey, diciéndole al oído a quién tenía que quemar. Ese Dios nos jodió vivos. No sé si me explico. P. Perfectamente. Sigamos, pues, con El caballero del jubón amarillo. La mujer es su otra gran protagonista. Alatriste tiene un lance con una actriz, María de Castro, de la que el rey Felipe IV se ha encaprichado, y ahí empieza el lío. R. Eso es rigurosamente histórico. Aquel rey frecuentaba mucho fregatrices, sirvientas, criadas, actrices y putas. Felipe IV era muy golfo. P. Es el mismo monarca de El rey pasmado, de Torrente Ballester. R. Sí, es el mismo rey. No he tenido que forzar la historia para escribir esta novela. María de Castro, la actriz, no existió, me la he inventado. Pero está inspirado en La Calderona, que sí existió y tuvo un hijo con el rey.
P. Y eso le da pie a una nueva reflexión sobre las mujeres.
R. A la mujer siempre la he visto como un soldado perdido en territorio enemigo, en un mundo hostil, un mundo de hombres y con reglas de hombres. En aquella época sólo tenía como armas su belleza y su inteligencia, y con esto o triunfaba o se iba al carajo. Era muy duro, claro. No tenía retaguardia donde replegarse. Eso hace tan interesante ver cómo lo hacían las mujeres que peleaban en aquella época. Eran supervivientes.
P. Otro tema de esta novela, que traigo al calor de la actualidad, es la condición de "vascongado y español" de Íñigo de Balboa, el joven escudero de Alatriste. ¿No había contradicción en aquella época?
R. Sabino Arana se inventó la patria vasca -la patria vasca, ojo, que el pueblo vasco siempre existió y es muy respetable-; y otros, mitad cretinos y mitad golfos interesados, la utilizaron para ponerse un piso; hasta ese momento, los vascos jamás discutieron su españolidad. Fueron diferentes, como los catalanes y los gallegos, pero jamás cuestionaron dónde estaban. Yo manejo muchos textos históricos y veo en Flandes, América o Filipinas nombres vascos a punta de pala. La historia de España la hicieron en buena parte los vascos, y te hablo de Elcano, de Churruca, de Legazpi y tantos otros. Eran vascongados y españoles, no había contradicción. Ahora es cuando están reescribiendo la historia para decir lo contrario. Contra eso me rebelo y contra eso hago a Íñigo de Balboa vascongado y español. Como eran realmente.
P. Pero también es verdad que, a partir de los Borbones y, ya no digamos, con Franco, se perdió la idea de la pluralidad de España. Esa pluralidad que a usted le permite escribir, como se hacía en los siglos XVI y XVII, las Españas.
R. Yo hablo siempre de las Españas. España es una plaza pública hecha de Españas. España como tal no existe; España es un lugar en el cual confluyeron muchas razas, muchas lenguas, muchas religiones, muchos pueblos que tuvieron una historia en común. Lo que tenemos en común se llama España, pero esa España está hecha de muchas otras Españas: la España catalana, la España aragonesa-catalana, la España vascongada, la España gallega, la España castellana, la España árabe, la España andaluza... Y todas esas Españas hacen España. Volvemos a lo de siempre: el franquismo negó esas Españas. Pero yo por eso uso alternativamente España o las Españas. No hablo de una España unitaria y centralista. Hablo de una España hecha de gentes muy diversas que a veces se mataron entre sí y a veces se juntaron y mataron a otros.

1 comentario:

Javier Miranda-Luque dijo...

En su "Reina del sur", hay una frase de Pérez Reverte que me encanta(y la cito de memoria) metaforizando el amanecer: "esa luz sucia". A mí, pues, me cae bien este Arturo bestesellérico. Abrazo letrado, JML.

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